Microrrelato: El toque poético en fin de año. Una anciana.

Narración breve sobre la vejez y las navidades.

Microrrelato en que se narra el cómo el espíritu navideño puede llegar de la manera más imprevista.

Mañana de un miércoles que no es un día cualquiera. Albert está en una cafetería, bien resguardado del frío, mientras empieza a expirar el último día del año. La gente se apresura en hacer sus últimas compras o se relaja, como él, haciendo piña en una cafetería. Pero Albert, a diferencia de los demás, está solo ante su poleo menta, bien caliente, y acompañado de su libro, que le acompañará durante unas páginas más. Mira por la ventana. La luz espléndida que confundiría si su cuerpo no recordara todavía el frío que hace.

Sorprendido, ve a una señora mayor, el pelo muy blanco, las arrugas pronunciadas. Sí, mayor, bastante mayor. La ve acercarse a su mesa, lo que le llama la atención. En estado de alerta se pone cuando se dirige a él. Ha visto, desde la calle a través del cristal, a un cincuentón, bien vestido, con su libro y su apariencia educada, en una tranquila soledad ante el fin de año y le ha salido del alma entrar a la cafetería para desearle un feliz año.

Albert, sorprendido, no sabe en un principio cómo reaccionar. Tal es la extrañeza ante una actitud que no había visto antes, pero luego se da cuenta y reacciona rápido devolviendo los buenos deseos para el año que está a punto de llegar. Será que los ancianos, en la recta final de la vida ya, ejercen el derecho a la poesía y, en la soledad de la edad conquistada, envían el mensaje navideño, atrevidos y detallistas, a quien creen digno de su preciada estima.

Microrrelato: Cayendo. El sentido de un final.

Narración breve sobre la agonía vital.

Microrrelato que narra la deriva de un hombre en la soledad de su piso en un fin de semana de declive.

El fin de semana se presentaba plano: sin propuestas definidas de vida social y anímicamente falto de estímulo, como para emprender cualquier juego de distracción por cuenta propia. El sábado amaneció con lluvias intensas, pero remitieron a media mañana, momento que él aprovechó para salir a hacer sus compras pendientes. Cocinar y ver alguna peli tras enfrascarse una enrevesada búsqueda en su plataforma preferida era el destino que veía ante sí.

El lavaplatos acaba de pitar, avisando de que había terminado. Televisión de última generación y se aburría soberanamente: pausó su película y se levantó a apagarlo. Le dio pereza ver el delantal, relegado al rincón de la ropa sucia. Tras una semana intensa de trabajo, hubiera deseado desestresar de otra manera más agradable.

Volvió a la película cargante: una tontería surrealista de ciencia ficción con un presupuesto colosal en la que la novia del protagonista se acababa tirando de un tercer piso. Fin, pensó creyéndose aliviado. Tras levantarse, se acercó a la ventana del salón, junto a la inmensa televisión de última generación, y vio a su ex paseando de la mano del peluquero, quien había escuchado sus confidencias apenas un par de días antes mientras le cortaba el pelo con flequillo. Se sintió triste: era reciente. Dos meses. Tiempo para probar con salidas en busca de retomar amistades y planes a la aventura tras caras nuevas. Pero le costaba participar en las conversaciones y volvía a casa cabizbajo, sin frutos que le levantaran la moral.

Su ex se había esfumado de su vista y la imaginó feliz. El desencuentro final que provocó su ruptura no fue casual: la gota había colmado el vaso. Aburrimiento, sentenció ella. Ahora sabía que, además, había tenido con quién comparar. Silencio y rapidez hacia la ausencia: soledad, vacío interior y el peso del piso sobre sí. Se acarició el flequillo viéndose ante el final y se acercó al balcón, cayendo en la cuenta de que, como en la película que había visto, vivía en un tercer piso. Cayendo.

Microrrelato: La felicidad familiar. Una historia de supervivencia.

Historia de reconciliación familiar.

En este microrrelato, el autor nos narra la feliz reconciliación familiar que viven madre e hijo, alejados por la tragedia y la incomunicación durante tanto tiempo.

Un verano particular, sin viajes que reseñar ni visitas de amigos lejanos. Cálido pero no tan sofocante como el precedente, el martes en cuestión ha dejado, en las horas centrales del día, respirar al ciudadano veraneante en su propia ciudad: las nubes y un aire fresco lo han hecho muy llevadero. Madre e hijo, tercera edad y edad madura, encantados de volver a conocerse, de disfrutar de una conexión ansiada desde hace tanto, tanto tiempo, se desplazan en autobús al centro de la ciudad. Un chaval educado ha dejado el asiento a la madre, y el hijo ha sobrellevado el viaje agarrándose firmemente al barrote. La parada les deja justo a dos calles del restaurante, el sol sigue brillando por su ausencia y la brisa anima el alma.

El restaurante es pequeño y está escondido, pero desde el principio celebran los familiares la feliz compañía: madre e hijo mayor se abren a revisar la vida del hijo mediano y del menor, los demás supervivientes de la familia. Añorado el cabeza de familia desaparecido tanto tiempo atrás. Y hablan de la lucha por la vida, su lucha, la de ambos y las de los demás hermanos. Hablan de las quiebras en los lazos entre todos ellos y de las luchas individuales de cada cual por tirar hacia adelante. La botella de buen vino blanco va cayendo y se sienten algo mareados, con el ánimo alegre y la conversación fluida. Se sienten en un lugar extraño llamado felicidad. De vuelta a casa, no se lanzarán a la aventura del autobús: el sol ha despertado y les devuelve a las sensaciones de bochorno: tirando por el camino del medio, cogen un taxi que no siempre se han podido permitir y ven quedar tras de sí el centro de la ciudad cobijados por el aire acondicionado del coche. Llegan a casa, aletargados por la comida y el alcohol, y cada cual se tumba en su habitación, para descansar profundamente y, al atardecer, despertar de nuevo al sueño de la reconciliación familiar.

Microrrelato: La noche de San Juan. Una anciana se despide.

Breve relato sobre la agonía de una anciana.

Microrrelato que narra los recuerdos de una anciana envuelta en la verbena de San Juan de camino al sueño eterno.

La guerra estaba declarada. Pólvora creando, a su estallido, un concierto infernal. Junto a la puerta de entrada del piso, el perro ladraba desgañitándose y ella, desde la cama que le pedía descanso a su avanzada edad, se daba cuenta de que, un año más, no podría conciliar el sueño: se celebraba, como cada año, por todo lo alto la verbena de San Juan. Los chavales se divertían desatados en la calle, las azoteas se convertían en salas de baile improvisadas y, desde el lecho, tras cada tentativa de reposo, iba recordando que ella también fue joven. Se vio con Margarita, Pau, Roser y Pere quemando la pólvora de los petardos sin compasión en la edad en que su cuerpo anunciaba al mundo sus formas. Corría, por aquel entonces, campo a través en el extrarradio de la ciudad que la había visto nacer con vestidos predominantemente rojos, apasionada ella, eufórica por entrar en una juventud feliz. Vagaba, desde la cama que buscaba el descanso de su vejez, entre los recuerdos felices. Desvelada ya, su mente fue hacia el accidente que segó la vida de Pau a una edad demasiado temprana, hacia el matrimonio feliz de Roser y Pere, la larga viudedad de Roser, con quien compartió el camino de la vida hasta que, aquella, vio cortado el hilo de la suya y ella se vio a sí misma, longeva, demasiado longeva, víctima del apocalipsis pirotécnico de la verbena de San Juan. Se sintió mareada, pero no supo si era por el intenso deseo de dormir o porque su cuerpo le anunciaba la llegada de un sueño profundo. Se sumió en el indefinido mundo del reposo y sumó sus ronquidos a la orquesta que ofrecía la festiva batalla de la noche. Sudó en un sueño profundo e inquieto, le vino de un fogonazo la imagen de su marido en una lucidez onírica y se sobresaltó sin llegar a despertar. Prosiguió su sueño agitado y, al llegar el alba, cuando la pólvora había cesado en la calle, encontró el descanso final, uniéndose en un mundo más sosegado a sus añorados Margarita, Pau, Roser y Pere.

Relato: Una velada. Encuentro feliz.

Relato sentimental de madurez.

En este relato el autor narra la magia del encuentro en una noche semiveraniega, navegando hacia los brazos de la mujer madura.

Tarde cálida, el mes de junio arranca anunciando el verano. En la espera inquieta, ante la cafetería que ha sido espacio de tan gratos encuentros, ve cómo se retrasa la llegada de una mujer nueva. Ella le anunció que se retrasaba a través de un mensaje en el móvil. Mata el tiempo nutriendo la vista con la juventud que se muestra con desparpajo festiva por la llegada del fin de semana. Se anuncian figuras, ve una que quizá, pero no. Mira el reloj del móvil y se hace a la idea de que el retraso en las citas es un clásico. Mira al fondo de la calle y la identifica al instante, con un vestido natural, sin maquillaje y con una bolsa. La francesa que se lanzó a ofrecerle un cara a cara tras una conversación en la distancia del teléfono se acerca con paso decidido y los pretextos que justifiquen el retraso en la punta de la lengua. Nada más verse, se hacen innecesarios. Pedro recibe un obsequio gastronómico, un detalle menor que revela dedicación y clase.

Los primeros pasos no tienen un rumbo fijo: la cafetería apura hacia su cierre, queriendo castigar la impuntualidad. Orientados hacia el lugar emblemático para el hombre maduro que ya bordea los cincuenta, el espacio que ilumina sus proyectos, la fuente que mantiene fresco el baño de sus sueños, intercambian impresiones y se toman el pulso.

Un café de media tarde se convierte en una cerveza que desvanezca inhibiciones leves. Cómodos y con ganas de charla, se lanzan a pedir una cena en el jardín que regala una mesa bien ubicada, encantados ante la amabilidad del camarero. Fluyen los platos y la conversación, y Juliette oscila entre su francés nativo, el inglés y el castellano. Siempre con la musicalidad de la tierra que la vio nacer. Van deshaciendo los nudos de sus almas y se ven crecer embebidos de la experiencia de vida que les regala el otro; ella le aconseja sobre el trabajo e incide en la atención que pone al vínculo materno, él se maravilla del vuelo de su inteligencia. Y siente que, quizá, caiga en brazos de una mujer madura.

La caballerosidad le lleva a ofrecerse a invitarla cuando llega el camarero anunciando que cierran: la velada como un suspiro de palabras que atinaron en la cura de la herida, el consejo certero y la revelación personal. Siente él de nuevo la clase irreverente de esta aparición en su vida cuando le rechaza la invitación e insiste en pagar a medias: reivindica la justicia feminista. Tú lo tuyo y yo lo mío.

Se deslizan por la noche barcelonesa, apurando el encuentro y arrancan al tiempo cinco minutos más caminando hacia el punto donde se bifurcarán sus vidas para volver a la rutina respectiva. Solo dos besos educados de despedida, la gentileza de un primer encuentro que ya no se apresura a soñar, sosegado. Y Pedro, feliz mientras espera el metro llegar ya en soledad, desenvuelve el obsequio gastronómico: un cruasán que se come como guinda a una noche de conexión íntima. Caer rendido en la cama solitaria para soñar una compañía plena en la aventura de una madurez que se quiere sabia.