Microrrelato: Pleamar y bajamar. La vida como un suspiro.

Narración breve sobre una vida que expira.

Microrrelato en que se narra un día cualquiera en la vida de una mujer que pide, ya, apagarse, expirado su periplo por el mundo.

La anciana Sinda estaba sentada en la butaca de su habitación en la residencia. Escuchaba atenta un audiolibro, que deslizaba con cariño hacia sus oídos versos de Federico García Lorca. Cavilaba y se dejaba llevar por los versos, en un vaivén que daba la sensación de un juego de pleamar y bajamar acelerado: un sentir alegre, que anunciaba una sonrisa sorprendida en su rostro, seguido de una reacción de severidad ante su cruda realidad: la anciana cumpliría en breve noventa y seis años. El cuerpo ya no le respondía y la mente acusaba lagunas de memoria que ella, quien mantenía una serenidad mental envidiable a su edad, percibía.

Alguien susurró unas palabras y Sinda se sobresaltó. Era su hija Eva, que preguntaba si estaba despierta: los ojos cerrados, para evitar la agresión de una luz que no respetaba la ceguera adquirida con la edad, y la habitación a oscuras. Solamente la cadencia del poeta a través del altavoz inteligente. Eva le preguntó si podía encender la luz, la anciana dio instrucción al altavoz de pausar el recitado, y su hija le detalló qué comida le traía para almorzar. Judías verdes con patatas, todo pasado en puré, tortilla de patatas -hoy repites patatas-, un poquito de vino y kiwi en trocitos. A Sinda aquello le despertó el apetito y su expresión era un poema cuando se puso a comer. Eva le acercaba la cuchara llena y ella la cogía para metérsela en la boca por sí misma. Luego, se dejó depilar, hacer las uñas y arreglar las puntas del pelo. La conversación fluía con calidez entre madre e hija sin temor a los silencios. Salieron un rato al vestíbulo con la silla de ruedas y Sinda caviló para sí misma. Después, dijo en voz alta lo que era ya una letanía en los últimos tiempos: estaba cansada de vivir, su prórroga ya había expirado hacía tiempo.

De nuevo en su habitación, la anciana quiso acabar de escuchar los versos de García Lorca. Le dijo a su hija, solemne, que el poeta estaba en Nueva York detrás de un negro: había perdido la cabeza por él. Escuchó cómo recogía los termos y apagaba el interruptor de la luz con sigilo, y supo que se había ido cuando sus oídos percibieron el leve crujido de la puerta al ajustarse. La anciana quedó cavilando y dejándose llevar por los versos en su recurrente juego de pleamar y bajamar.

Microrrelato: El toque poético en fin de año. Una anciana.

Narración breve sobre la vejez y las navidades.

Microrrelato en que se narra el cómo el espíritu navideño puede llegar de la manera más imprevista.

Mañana de un miércoles que no es un día cualquiera. Albert está en una cafetería, bien resguardado del frío, mientras empieza a expirar el último día del año. La gente se apresura en hacer sus últimas compras o se relaja, como él, haciendo piña en una cafetería. Pero Albert, a diferencia de los demás, está solo ante su poleo menta, bien caliente, y acompañado de su libro, que le acompañará durante unas páginas más. Mira por la ventana. La luz espléndida que confundiría si su cuerpo no recordara todavía el frío que hace.

Sorprendido, ve a una señora mayor, el pelo muy blanco, las arrugas pronunciadas. Sí, mayor, bastante mayor. La ve acercarse a su mesa, lo que le llama la atención. En estado de alerta se pone cuando se dirige a él. Ha visto, desde la calle a través del cristal, a un cincuentón, bien vestido, con su libro y su apariencia educada, en una tranquila soledad ante el fin de año y le ha salido del alma entrar a la cafetería para desearle un feliz año.

Albert, sorprendido, no sabe en un principio cómo reaccionar. Tal es la extrañeza ante una actitud que no había visto antes, pero luego se da cuenta y reacciona rápido devolviendo los buenos deseos para el año que está a punto de llegar. Será que los ancianos, en la recta final de la vida ya, ejercen el derecho a la poesía y, en la soledad de la edad conquistada, envían el mensaje navideño, atrevidos y detallistas, a quien creen digno de su preciada estima.

Microrrelato: Cayendo. El sentido de un final.

Narración breve sobre la agonía vital.

Microrrelato que narra la deriva de un hombre en la soledad de su piso en un fin de semana de declive.

El fin de semana se presentaba plano: sin propuestas definidas de vida social y anímicamente falto de estímulo, como para emprender cualquier juego de distracción por cuenta propia. El sábado amaneció con lluvias intensas, pero remitieron a media mañana, momento que él aprovechó para salir a hacer sus compras pendientes. Cocinar y ver alguna peli tras enfrascarse una enrevesada búsqueda en su plataforma preferida era el destino que veía ante sí.

El lavaplatos acaba de pitar, avisando de que había terminado. Televisión de última generación y se aburría soberanamente: pausó su película y se levantó a apagarlo. Le dio pereza ver el delantal, relegado al rincón de la ropa sucia. Tras una semana intensa de trabajo, hubiera deseado desestresar de otra manera más agradable.

Volvió a la película cargante: una tontería surrealista de ciencia ficción con un presupuesto colosal en la que la novia del protagonista se acababa tirando de un tercer piso. Fin, pensó creyéndose aliviado. Tras levantarse, se acercó a la ventana del salón, junto a la inmensa televisión de última generación, y vio a su ex paseando de la mano del peluquero, quien había escuchado sus confidencias apenas un par de días antes mientras le cortaba el pelo con flequillo. Se sintió triste: era reciente. Dos meses. Tiempo para probar con salidas en busca de retomar amistades y planes a la aventura tras caras nuevas. Pero le costaba participar en las conversaciones y volvía a casa cabizbajo, sin frutos que le levantaran la moral.

Su ex se había esfumado de su vista y la imaginó feliz. El desencuentro final que provocó su ruptura no fue casual: la gota había colmado el vaso. Aburrimiento, sentenció ella. Ahora sabía que, además, había tenido con quién comparar. Silencio y rapidez hacia la ausencia: soledad, vacío interior y el peso del piso sobre sí. Se acarició el flequillo viéndose ante el final y se acercó al balcón, cayendo en la cuenta de que, como en la película que había visto, vivía en un tercer piso. Cayendo.

Microrrelato: Azul. Una oda al cine.

Homenaje a la película Azul.

En este microrrelato el autor escribe una oda a la película Azul, que se reestrena con motivo de su treinta aniversario.

Viernes. El sol de un verano plácido se hace notar, incidiendo en su sello de identidad. La comida familiar ha sido agradable, ofreciendo un paso más en la manifestación del cariño reconciliado. Tantos años de desencuentro y distancia emocional. La tarde vacacional se presta a hacer piña en familia en torno al televisor. Viernes y la vida pide más. Salir a la calle, ver el ambiente y beber de él. Tontería o fenómeno informático, el móvil está ahí y Manel entretiene el pensamiento navegando en su pequeña pantalla. Aterriza en la cartelera de cine y descubre que, en un pequeño cine de referencia para él, proyectan una película que vio en su juventud a raíz del treinta aniversario de su estreno: Azul. Saca la entrada desde el móvil y se relaja un rato en el sofá mientras su madre ve un telefilme a través de una cadena pública de televisión.

Manel despierta repentinamente de un sueño turbador, abre bien los ojos y ve el altavoz inteligente a su lado, las persianas semibajadas, también percibe que el sol ha ido cediendo. Se ducha, se viste para la ocasión y coge el metro camino del cine donde se reencontrará con la musa de su juventud. En el centro de la ciudad, jóvenes vestidos con tops; ellas dejan que se transparente la aréola y el pezón a través de su ropa de noche. Aquella edad. Un batido en una cafetería de aquellas que hacen que te rasques el bolsillo y curiosear en el móvil hasta que ya ha matado el tiempo que quedaba para que dieran acceso al público a la proyección. Verano, Azul, Juliette: aquella juventud.

Cuatro gatos ilusionados en la sala y empieza la proyección. A Manel le cruje el estómago, que le dice que el batido no fue lo suficientemente consistente. El accidente en coche de la familia protagonista, que tanto recuerda a la familia propia; una actriz en estado de gracia, música oportuna y la fotografía le hacen gozar. Pero, sobre todo, piensa en el director, ese artista con mayúsculas que vivió la época del tabaquismo empedernido y se nos fue dejando tras de sí toda una huella de vida.

Microrrelato: La noche de San Juan. Una anciana se despide.

Breve relato sobre la agonía de una anciana.

Microrrelato que narra los recuerdos de una anciana envuelta en la verbena de San Juan de camino al sueño eterno.

La guerra estaba declarada. Pólvora creando, a su estallido, un concierto infernal. Junto a la puerta de entrada del piso, el perro ladraba desgañitándose y ella, desde la cama que le pedía descanso a su avanzada edad, se daba cuenta de que, un año más, no podría conciliar el sueño: se celebraba, como cada año, por todo lo alto la verbena de San Juan. Los chavales se divertían desatados en la calle, las azoteas se convertían en salas de baile improvisadas y, desde el lecho, tras cada tentativa de reposo, iba recordando que ella también fue joven. Se vio con Margarita, Pau, Roser y Pere quemando la pólvora de los petardos sin compasión en la edad en que su cuerpo anunciaba al mundo sus formas. Corría, por aquel entonces, campo a través en el extrarradio de la ciudad que la había visto nacer con vestidos predominantemente rojos, apasionada ella, eufórica por entrar en una juventud feliz. Vagaba, desde la cama que buscaba el descanso de su vejez, entre los recuerdos felices. Desvelada ya, su mente fue hacia el accidente que segó la vida de Pau a una edad demasiado temprana, hacia el matrimonio feliz de Roser y Pere, la larga viudedad de Roser, con quien compartió el camino de la vida hasta que, aquella, vio cortado el hilo de la suya y ella se vio a sí misma, longeva, demasiado longeva, víctima del apocalipsis pirotécnico de la verbena de San Juan. Se sintió mareada, pero no supo si era por el intenso deseo de dormir o porque su cuerpo le anunciaba la llegada de un sueño profundo. Se sumió en el indefinido mundo del reposo y sumó sus ronquidos a la orquesta que ofrecía la festiva batalla de la noche. Sudó en un sueño profundo e inquieto, le vino de un fogonazo la imagen de su marido en una lucidez onírica y se sobresaltó sin llegar a despertar. Prosiguió su sueño agitado y, al llegar el alba, cuando la pólvora había cesado en la calle, encontró el descanso final, uniéndose en un mundo más sosegado a sus añorados Margarita, Pau, Roser y Pere.