Microrrelato: Hacer balance. Una oportunidad.

Una historia que hace balance de la pandemia como una oportunidad.

Un microrrelato que es a su vez una reflexión sobre el arte de hacer balance de una pandemia que va quedando atrás: el momento de repensar la vida y la naturaleza.

Alza la mirada, observa tu entorno. Busca el encuentro. Un largo periodo de desconexión. Carencias afectivas: pérdida de la socialización: vida en pandemia. Y va llegando un resurgir. Una vida que se quiere complementar con el ser cercano, notar el tacto de su piel, la humedad de su boca, el roce de sus formas. Reencontrarse con la caricia perdida.

Hace un año que a muchos no les ves, o les ves pero no les tocas. Cuando les ves, es sobre esa mascarilla que ya es un signo de los tiempos a quedar atrás. Todo tan poco natural como el aire contaminado que respiramos, tan artificial como ciertas relaciones que labra la era digital.

Reunidos de nuevo, vacunados de pandemias, recordáis cómo, de pequeños, veraneabais en esa España que dicen vaciada. Viaja la memoria a ríos y mares limpios en cuyas orillas quedabais magnetizados por el reflejo de la luz solar en el agua.

Es la oportunidad de tratarla de cerca de nuevo, de ir recobrando el contacto de la emoción más directa, del pensamiento en diálogo. Es el momento de revivir y retomar la oportunidad que creíste ahogada de entrar en las esencias de su intimidad. Es el momento de repensar la vida, de reconquistar el verde de la vegetación y el azul del cielo y el mar. Toca hacer balance.

Microrrelato: El poso. La vida en cuenta atrás.

Historia sobre el balance de la vida en la madurez.

Microrrelato sobre el hombre maduro que, en una suerte de balance de la vida, ve cómo ha entrado ya en declive y le toca, ya, valorar la vida en su cuenta atrás.

Me dijeron hace poco que, a mis cincuenta años cumplidos, debía dejar de tomar alcoholes fuertes, aunque fuera ocasionalmente. Me dijeron que me convenía caminar una horita al día. Nada de machacarse en el gimnasio: paseos a ritmo moderado pero constante. Me impusieron la responsabilidad de seguir una dieta blanda.

Hace pocos años, me implantaron dos muelas a precio de oro. También tuve mi primer episodio oncológico. Era obeso y no me comía un colín, con mi timidez añadida. De repente, ha pasado el tiempo, he adelgazado por prescripción médica y me veo bien ante el espejo. Salvo cuando miro fijamente mis ojos y penetro en mi esencia declinante. He ganado la sabiduría que me daría confianza ante vidas más jóvenes, pero he perdido el vigor físico necesario.

De tal modo, salgo un día a la calle, como tantos otros, hipnotizado por la belleza de la juventud y el equilibrio de la madurez, buscando, al alzar la mirada, un cielo no contaminado, esperando un haz de luz revigorizante sobre mi rostro. Y me digo que la vida sigue en su cuenta atrás, como un reloj de arena al que ya hemos dado la vuelta para que su contenido empiece a caer. Generando un poso, el poso de la vida.

Microrrelato: La gitanica. Placer durmiente.

Historia de la evocación onírica de una gitana.

Un microrrelato sobre el desvelarse y el soñar, la búsqueda del encuentro con el prójimo y la sensualidad inesperada.

Desvelarse. Ver cómo el día va despertando y sentir la necesidad de salir al encuentro de la gente, con pocas energías pero lleno de ganas, unas ganas igual ciegas. Ciegas de perspectiva, de sensatez. Salir, salir, salir.

Buscar el contacto con el prójimo, ese ser que ya no es el amigo o el conocido con quien charlar, estrecharse la mano o darse una palmada en la espalda. Se trata de perderse entre el gentío anónimo congregado en torno al mercado dominical, curioseando entre lo que se ofrece y, quizá, comprando algún capricho.

Yo, detengo la mirada que anida sobre este casto cuerpo que me ha impuesto la pandemia agonizante sobre una gitanica. Treinta años si los alcanza, con unos ojos marrones que irradian luz, un pecho que anuncia maravillas bajo la ceñida camiseta. Sigo mi rumbo entre puestos con la sensación de haber visto mis menguadas energías vitalizadas por una chispa de vida, un fogonazo de luz, y regreso a casa para caer rendido, tumbado de nuevo en la cama, reunido con el sueño, que vela mi mirada y vela por mí en la aventura que crea, fantasía o realización interior, estrechándome en la intimidad con la gitana observada un rato antes.

Foco de energía y sensualidad, placer durmiente, descanso y regocijo: por fin, la recompensa de un domingo.

Microrrelato: Un huerto vertical. Sobre un alegre vecindario.

Historia sobre un barrio y su huerto.

Microrrelato sobre un deprimido barrio cuyo vecindario se las ingenia para sacarle una sonrisa a la vida con iniciativas tan singulares como crear un huerto vertical.

Los alegres vecinos del deprimido barrio tenían como secreto de su buen ánimo el ingenio y no amilanarse ante las adversidades, amén de una estupenda filosofía de la vida conforme a la cual, si nunca habían tenido nada, tampoco lo iban a echar en falta. Ello no obstaba a una pequeña tendencia sibarita cuando fuera necesario, o la licencia del sueño satisfecho cuando a otros les hubiera parecido inalcanzable.

Fue tal la situación, que a algunos vecinos se les antojó tener un huerto urbano. Pero, ¿cómo? En la zona no había el menor espacio para el cultivo, todo obras que les lanzaban la amenaza del desahucio, de la pérdida de sus raíces en favor de los intereses financieros. Sin embargo, quizá un poco alterado su ánimo por la  mezcla de cervezas locales y bocanadas de humos prohibidos, paseaba el vecino, alto, joven, maceta en mano de camino a casa de su pareja, y tuvo la gracia de pararse ante la verja. Le daría una sorpresa: lo cierto era que, a él, aquello de los huertos ni le iba ni le venía, pero su Begoña estaba que trinaba porque no podía tener uno. Una más. Así, en lugar de llevar la florida maceta a casa de su novia, la colgó de la verja con tino, y, para que la sorpresa fuera completa, se tomó el tiempo de colgar unas letras en las que, claramente, se podía leer que era un huerto, eso sí, vertical.

Fue a recoger a su novia Begoña a su casa, la de los padres de ella, donde vivía a la sazón, y la llevó de vuelta, a paso lento y con conversación feliz, hacia el huerto para mostrarle la maceta florida con que deseaba homenajear su amor. A su llegada, vieron ambos sorprendidos cómo había afluido el alegre vecindario y, siguiendo la afortunada iniciativa del novio, habían dado forma, entre todos como en los buenos momentos, a un completo huerto en que colgaban las más diversas y bellas macetas, de entre las que, aquel día, destacó la ofrecida por el feliz novio a su sorprendida Begoña.

Microrrelato: Vena sentimental. La humanidad recobrada.

Una historia sobre el amor revivido a través de la memoria.

Un microrrelato sobre el hombre de carácter duro que recupera la memoria de una vida sentimental pasada, recobrando su humanidad.

El tiempo estaba un poco gris. Sin embargo, se animó a salir a la calle, pensativo como estaba. Hombre por lo común frío, le había entrado cierta vena sentimental, absolutamente inesperada, aquella tarde de domingo que, en otras ocasiones, ya le hubiera llevado a pensar en el trabajo a la vuelta de la esquina con la llegada del lunes. Se preguntaba si, cuando la amaba por las mañanas, tanto tiempo atrás, había sido capaz de transmitirle todo su amor, si ella supo que, más allá de la masculina coraza de un carácter duro, estaba lleno de ternura por dentro gracias a ella.

Tantos años habían pasado y él no había recaído en el sentimiento romántico. Desengañado tanto tiempo, quizá porque por entonces se sintió vulnerable en su masculina frialdad, arquetipo de tiempos de antaño, hoy empezaba a notar una emoción viva en su interior. La fuerza de la memoria hizo presente la figura de aquella extraña amante a través de la ideación de la mente y, con los párpados cerrados y los ojos del corazón muy abiertos, sintió un escalofrío recorrer su interior. Ante sí escuchó el gorjeo de pájaros y creyó que eran ángeles. Abrió los ojos y vio que no eran más que un grupo de cotorras y palomas que se habían posado ante su figura. Miró al cielo y vio un claro. Le cayó una lágrima y se dio cuenta de que, ante aquellos pájaros, había recobrado su humanidad.