Microrrelato: El toque poético en fin de año. Una anciana.

Narración breve sobre la vejez y las navidades.

Microrrelato en que se narra el cómo el espíritu navideño puede llegar de la manera más imprevista.

Mañana de un miércoles que no es un día cualquiera. Albert está en una cafetería, bien resguardado del frío, mientras empieza a expirar el último día del año. La gente se apresura en hacer sus últimas compras o se relaja, como él, haciendo piña en una cafetería. Pero Albert, a diferencia de los demás, está solo ante su poleo menta, bien caliente, y acompañado de su libro, que le acompañará durante unas páginas más. Mira por la ventana. La luz espléndida que confundiría si su cuerpo no recordara todavía el frío que hace.

Sorprendido, ve a una señora mayor, el pelo muy blanco, las arrugas pronunciadas. Sí, mayor, bastante mayor. La ve acercarse a su mesa, lo que le llama la atención. En estado de alerta se pone cuando se dirige a él. Ha visto, desde la calle a través del cristal, a un cincuentón, bien vestido, con su libro y su apariencia educada, en una tranquila soledad ante el fin de año y le ha salido del alma entrar a la cafetería para desearle un feliz año.

Albert, sorprendido, no sabe en un principio cómo reaccionar. Tal es la extrañeza ante una actitud que no había visto antes, pero luego se da cuenta y reacciona rápido devolviendo los buenos deseos para el año que está a punto de llegar. Será que los ancianos, en la recta final de la vida ya, ejercen el derecho a la poesía y, en la soledad de la edad conquistada, envían el mensaje navideño, atrevidos y detallistas, a quien creen digno de su preciada estima.

Pensamientos: La Pepi. Huella y recuerdo.

Reflexión sobre la fallecida abuela del autor.

Aquí, el autor recuerda a la Pepi, el cariño de una familiar que fue soporte en los momentos oscuros y en los de felicidad.

La huella en la vida propia a través del cariño de una mujer que fue soporte en los momentos oscuros y en los de felicidad; estuvo ahí para hablar de la ligereza de la vida en torno a una cerveza y unas sencillas patatas fritas, en cualquier terraza de una de sus queridas cafeterías cercanas, ya cuando las fuerzas no le daban para ir más lejos.

Larga vida la de esta mujer, mi abuela, la Pepi, que a punto estuvo de llegar a centenaria, sin fuerzas ya ni ganas de vivir: solo deseaba encontrar la paz de un momento final.

La recuerda mi infancia, llevándome a la playa de esta ciudad marítima que me ha acogido con el devenir de la vida pero que, cuando yo era un niño arraigado en la capital, donde lo más parecido al mar eran las piscinas que acompañaban a nuestros hogares, era sinónimo de paraíso. Cogíamos el autobús desde su casa y nos íbamos a pasar el día junto al agua, con la compañía de un picnic preparado por ella con cariño.

A una avanzada edad enviudó, entró en una residencia y conoció una breve segunda juventud. Los cuidados de su hija, cada día llevándole la comida, y de su nieto, yo, leyéndole los textos que escribía y charlando con ella en algún lugar tranquilo de la residencia o junto a la mencionada cervecita que, casi, la acompañó hasta el final, no eran más que reciprocidad afectiva: sembró cuidados y nos regaló su afecto, y de ello cosechó.

A veces, los afectos nos deparan descubrimientos sorprendentes. ¿Quién me iba a decir a mí que ella sería un punto cardinal en mi supervivencia? ¿En mi vocación? Su inteligencia, su saber hacer afectivo conmigo, fueron compañías en un largo camino por la vida que calaron y han quedado como proyección de ella hacia el futuro. En vida: en la vida de los que la quisimos.

 

 

 

Microrrelato: Cayendo. El sentido de un final.

Narración breve sobre la agonía vital.

Microrrelato que narra la deriva de un hombre en la soledad de su piso en un fin de semana de declive.

El fin de semana se presentaba plano: sin propuestas definidas de vida social y anímicamente falto de estímulo, como para emprender cualquier juego de distracción por cuenta propia. El sábado amaneció con lluvias intensas, pero remitieron a media mañana, momento que él aprovechó para salir a hacer sus compras pendientes. Cocinar y ver alguna peli tras enfrascarse una enrevesada búsqueda en su plataforma preferida era el destino que veía ante sí.

El lavaplatos acaba de pitar, avisando de que había terminado. Televisión de última generación y se aburría soberanamente: pausó su película y se levantó a apagarlo. Le dio pereza ver el delantal, relegado al rincón de la ropa sucia. Tras una semana intensa de trabajo, hubiera deseado desestresar de otra manera más agradable.

Volvió a la película cargante: una tontería surrealista de ciencia ficción con un presupuesto colosal en la que la novia del protagonista se acababa tirando de un tercer piso. Fin, pensó creyéndose aliviado. Tras levantarse, se acercó a la ventana del salón, junto a la inmensa televisión de última generación, y vio a su ex paseando de la mano del peluquero, quien había escuchado sus confidencias apenas un par de días antes mientras le cortaba el pelo con flequillo. Se sintió triste: era reciente. Dos meses. Tiempo para probar con salidas en busca de retomar amistades y planes a la aventura tras caras nuevas. Pero le costaba participar en las conversaciones y volvía a casa cabizbajo, sin frutos que le levantaran la moral.

Su ex se había esfumado de su vista y la imaginó feliz. El desencuentro final que provocó su ruptura no fue casual: la gota había colmado el vaso. Aburrimiento, sentenció ella. Ahora sabía que, además, había tenido con quién comparar. Silencio y rapidez hacia la ausencia: soledad, vacío interior y el peso del piso sobre sí. Se acarició el flequillo viéndose ante el final y se acercó al balcón, cayendo en la cuenta de que, como en la película que había visto, vivía en un tercer piso. Cayendo.

Microrrelato: La felicidad familiar. Una historia de supervivencia.

Historia de reconciliación familiar.

En este microrrelato, el autor nos narra la feliz reconciliación familiar que viven madre e hijo, alejados por la tragedia y la incomunicación durante tanto tiempo.

Un verano particular, sin viajes que reseñar ni visitas de amigos lejanos. Cálido pero no tan sofocante como el precedente, el martes en cuestión ha dejado, en las horas centrales del día, respirar al ciudadano veraneante en su propia ciudad: las nubes y un aire fresco lo han hecho muy llevadero. Madre e hijo, tercera edad y edad madura, encantados de volver a conocerse, de disfrutar de una conexión ansiada desde hace tanto, tanto tiempo, se desplazan en autobús al centro de la ciudad. Un chaval educado ha dejado el asiento a la madre, y el hijo ha sobrellevado el viaje agarrándose firmemente al barrote. La parada les deja justo a dos calles del restaurante, el sol sigue brillando por su ausencia y la brisa anima el alma.

El restaurante es pequeño y está escondido, pero desde el principio celebran los familiares la feliz compañía: madre e hijo mayor se abren a revisar la vida del hijo mediano y del menor, los demás supervivientes de la familia. Añorado el cabeza de familia desaparecido tanto tiempo atrás. Y hablan de la lucha por la vida, su lucha, la de ambos y las de los demás hermanos. Hablan de las quiebras en los lazos entre todos ellos y de las luchas individuales de cada cual por tirar hacia adelante. La botella de buen vino blanco va cayendo y se sienten algo mareados, con el ánimo alegre y la conversación fluida. Se sienten en un lugar extraño llamado felicidad. De vuelta a casa, no se lanzarán a la aventura del autobús: el sol ha despertado y les devuelve a las sensaciones de bochorno: tirando por el camino del medio, cogen un taxi que no siempre se han podido permitir y ven quedar tras de sí el centro de la ciudad cobijados por el aire acondicionado del coche. Llegan a casa, aletargados por la comida y el alcohol, y cada cual se tumba en su habitación, para descansar profundamente y, al atardecer, despertar de nuevo al sueño de la reconciliación familiar.

Microrrelato: Azul. Una oda al cine.

Homenaje a la película Azul.

En este microrrelato el autor escribe una oda a la película Azul, que se reestrena con motivo de su treinta aniversario.

Viernes. El sol de un verano plácido se hace notar, incidiendo en su sello de identidad. La comida familiar ha sido agradable, ofreciendo un paso más en la manifestación del cariño reconciliado. Tantos años de desencuentro y distancia emocional. La tarde vacacional se presta a hacer piña en familia en torno al televisor. Viernes y la vida pide más. Salir a la calle, ver el ambiente y beber de él. Tontería o fenómeno informático, el móvil está ahí y Manel entretiene el pensamiento navegando en su pequeña pantalla. Aterriza en la cartelera de cine y descubre que, en un pequeño cine de referencia para él, proyectan una película que vio en su juventud a raíz del treinta aniversario de su estreno: Azul. Saca la entrada desde el móvil y se relaja un rato en el sofá mientras su madre ve un telefilme a través de una cadena pública de televisión.

Manel despierta repentinamente de un sueño turbador, abre bien los ojos y ve el altavoz inteligente a su lado, las persianas semibajadas, también percibe que el sol ha ido cediendo. Se ducha, se viste para la ocasión y coge el metro camino del cine donde se reencontrará con la musa de su juventud. En el centro de la ciudad, jóvenes vestidos con tops; ellas dejan que se transparente la aréola y el pezón a través de su ropa de noche. Aquella edad. Un batido en una cafetería de aquellas que hacen que te rasques el bolsillo y curiosear en el móvil hasta que ya ha matado el tiempo que quedaba para que dieran acceso al público a la proyección. Verano, Azul, Juliette: aquella juventud.

Cuatro gatos ilusionados en la sala y empieza la proyección. A Manel le cruje el estómago, que le dice que el batido no fue lo suficientemente consistente. El accidente en coche de la familia protagonista, que tanto recuerda a la familia propia; una actriz en estado de gracia, música oportuna y la fotografía le hacen gozar. Pero, sobre todo, piensa en el director, ese artista con mayúsculas que vivió la época del tabaquismo empedernido y se nos fue dejando tras de sí toda una huella de vida.