La luz al final del túnel

La luz al final del túnel… Sol, eso es lo que asociaba a este verano, como tantos otros veranos meridionales que he vivido. Y está luciendo con intensidad. Salgo a la calle, camino un trecho y ya estoy sudando la gota gorda. Pero es verano, me digo. Sigo caminando, procurando encontrar el resguardo de la sombra. Al cabo de un rato, me pregunto si habré hecho bien en alejarme tanto de casa, del metro y, en definitiva, de cualquier posibilidad de regresar que no sea caminando. Llego a un túnel y me interno en él con la intención de llegar al otro lado de la calle. Una vez dentro, descubro a una mujer tendida sobre un colchón desvencijado, sobre una sábana roñosa, que parece despertar de un sueño profundo. La miro con atención, convergen nuestras miradas. Ella permanece quieta, tan sólo el parpadeo de sus ojos que descubro a medida que me acerco.

Mi intención es atravesar el túnel lo antes posible. Cuando ya estoy muy cerca de ella, se lleva las manos a cabeza, como si no quisiera saber lo que sucede, y se tumba sobre el colchón. Mi atención, pese a que sigo caminando, no se aparta de ella. Hasta que entiendo qué pensamientos la torturaban hasta el punto de cegarse la mirada con las manos y esconderse del mundo: un hombre elegante, imponentemente fuerte y de trato agradable me pide con suma cortesía que le diga qué hora es. Ha perdido su móvil, está buscando la casa de una amiga y, ahora, se ve perdido en este túnel. Se siente desubicado. Empieza a sudar, se disculpa. Saco el móvil y miro la hora. Se la digo. Me acompaña un poco hacia la salida del túnel y yo me siento más seguro acompañado. En determinado momento, poco antes de que la luz del exterior invada la boca del túnel, queda un paso por detrás de mí. Me extraño. Lo miro de manera instintiva. Veo su gesto agresivo y me pongo en guardia, momento en que descubro una navaja en su mano derecha. Me debato entre plantarle cara, salir corriendo o colaborar. Le pregunto qué quiere y me dice que el móvil y la cartera. Se los doy. Vacía la cartera, quedándose con el dinero en efectivo. Coge el móvil y acerca la navaja a mi cuello, advirtiéndome de que no haga tonterías. Sudo y él empieza a sentirse relajado y animado: parece ver la luz al final del túnel cerca. Sin comerlo ni beberlo, me llevo un golpe en la cabeza que me deja inconsciente.

Luego, mientras me hacen las curas en el centro de salud, sabré que una persona inerme, vagabunda y torturada tuvo suficientes energías como para recogerme, tumbarme en su colchón desvencijado y salir del túnel, ese túnel que parecía su vida, para buscar ayuda. Sí, la vagabunda, la mujer que estaba tendida sobre su sábana roñosa, finalmente plantó cara al episodio vicioso que se repetía día tras día como una trampa para animales en el bosque que era ese lugar. Delató al ladrón, se le detuvo, recuperé mi estima y mi identidad fracturada por el impacto del susto y, ahora, la saludo cada vez que voy a comprar el cupón de lotería en el puesto donde la han ubicado, después de un proceso de reinserción, los de servicios sociales. Los dos hemos visto la luz al final del túnel.

Pensamiento en suspenso

Silencio interior. El pensamiento en suspenso, saliendo del profundo descanso que supone una siesta en pleno mes de agosto. Relajación y vacaciones pandémicas. Sentarse al teclado, ver la pantalla en blanco y dejar que fluya de nuevo el pensamiento, la dialéctica interna y el ciclo de las palabras. De fondo, música ochentera. Deleitarse en la visión del día a través de la ventana: hoy el sol nos ha dado un descanso y dan ganas de salir a la calle, activar el cuerpo, mover las piernas, encontrar al prójimo. Más allá de todo silencio, plena actividad. Pero reconoces una melena y el pensamiento vuelve a quedar en suspenso. Es ella, la belleza que pone música a tu silencio interior. Tu pareja, tu compañera, tu amor. La fuente de la que manan las energías de tu día a día.

Como la seda

Este verano, en cierto modo, va como la seda. Con la experiencia del confinamiento y la relativa carencia de libros físicos en mi biblioteca -piénsese en la libertad de elección que supone disponer de las facilidades de una biblioteca pública o las tentaciones de una librería-, he aprovechado para hacer cierto acopio de libros. Entre ellos, recordando el consejo que me dieran durante la juventud, consejo al que, como veréis, atiendo de tanto en tanto, he escogido algunos de poca extensión. Aplicado en la práctica, ante ciertos estados de ánimo el consejo va como la seda. Por aquello de ver el esfuerzo de lectura satisfecho con facilidad, por lo gratificante que resulta la sensación de acabar de leer una obra y sentirte en ese especial momento que es la elección de una nueva lectura. Estos, pues, son los preliminares que me hicieron llegar al libro que concluí ayer.

Alessandro Baricco (Turín, 1958) me llamó la atención durante los años de mi formación creativa por el taller literario que fundara en su Turín natal. En cambio, el éxito de su novela corta Seda (1996) no suscitó mi particular curiosidad y lo consideré, más bien, fruto de una literatura fácil de leer y tendente a mostrar una belleza estilística algo truculenta y empalagosa pero con la facilidad de enganchar al lector. Superadas las 40 ediciones en España, parece que, aunque fuera haciéndose con ella en el mercado de segunda mano y a precio exiguo, le tocaba ya al presente lector emprender el viaje por sus páginas. La obra narra, en breves capítulos de grata lectura que nos van haciendo avanzar en la historia ágilmente, las andanzas de Hervé Joncour, un comerciante francés que se gana la vida con sus largos viajes a Japón para obtener huevos de gusanos de seda e introducirlos luego en el mercado francés. En sus andanzas, encontraremos personajes definidos por su particularidad, el magnetismo de la feminidad oriental y el juego final con la sorpresa ofreciendo la claridad de un sentido a los misterios que encierra este comerciante casado, próspero y viajero. Con un lenguaje conciso que hace gala de aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno, Alessandro Baricco ha logrado que pase unas horas de estimulante lectura.

Filosofar

Filosofar: estar sentado en la butaca escuchando la voz melodiosa de una mujer en una canción suave y frágil. Hacerlo mientras tus pensamientos se van alejando de las preocupaciones inmediatas de la vida práctica para elevarse hacia abstracciones que ligan tu intimidad más esencial con los mundos que va creando tu pensamiento imaginando. Filosofar. Imagina, pues, que tu vida ha aprendido a defenderse del velo de las sirenas del consumismo, que regresas, así, de la alienación, paradoja, del mundo físico para reencontrarte con tu identidad más genuina. Eres tú porque el manto que te arropa ha dejado de ser el agua turbia que protegía tu baño de vida de los vientos frescos de la intemperie para volver a ser aquello que eras en origen, desarrollado, crecido: agua cristalina y limpia, pura, en que te ves reflejado con total claridad. Y así, adulto ya, llegas a la autoconciencia.

Frágil disyuntiva entre el amor y el sueño

Frágil disyuntiva entre el amor y el sueño

Frágil disyuntiva entre el amor y el sueño. Cálida, cercana, ella acaricia mi piel cansada en su voluntad de transmitir luz y encender una pequeña llama en mi fuego interno. La noche cerrada, el alba, aún lejana, intimida como si estuviera presente mi necesidad de reposo. Mi vello se eriza, mi cuerpo se agita, me giro hacia el amor duradero, cultivándolo, fundiéndome en un fuego vivo. Y llegará el alba.