Microrrelato: Hijo de la noche. Una caída.

Breve narración sobre la inercia festiva.

Microrrelato que narra la vida efímera de inercia festiva en el marco de un verano en la gran ciudad.

Tórrido es el verano en que él, pero largo, moreno, ojos marrones y una silueta bien plantada en el suelo que, hacia lo alto, parece tocar el cielo, sale a las calles de la gran ciudad para festejar la llegada del gran sábado. Bien acicalado, pantalón azul de lino y una camiseta que homenajea a su ciudad natal con un gracioso dibujo, flirtea ya con la seducción nocturna.

Se reúne con amigos y atisba la aventura del deseo en la discreta observación de los desconocidos. Habla, bebe, fuma, ríe, baila y seduce. Mientras su vida se va esfumando entre festejos de superficialidad.

Él, que siempre presumió de desear una vida creativa, asentarse en el amor y hacer desaparecer la melancolía creciente que le acompañaba cuando le surgía una chispa de conciencia del tiempo perdido, vivirá y morirá sumido en la más absoluta mediocridad. Él, hijo y víctima de la noche.

Microrrelato: Revivir. Bajo el sol de mediodía.

Historia sobre el redescubrimiento de la vida.

Microrrelato que trata sobre el redescubrimiento de la vida por parte de una singular pareja.

El hombre se mesó el cabello canoso tras apurar el café mientras esperaba a que saliera del baño su acompañante en la cafetería del museo. Reflexionaba, lanzando la mente a la memoria, al pasado. A lo que nunca fue pero pudo haber sido. Se dio cuenta de que no era, el momento presente, historia para tales capítulos. La vida pasada se fue y no tenía sentido fingir una madura juventud. Pelirroja, pantalón vaquero ceñido sobre su cuerpo bien formado por el ejercicio y una edad más temprana, salió del servicio con una sonrisa en el rostro. Esa expresión que buscaba una mente lúcida y una guía en la vida. La visión de una mujer herida aún en la flor de la vida. Se acercó a él, le besó notando un inusual recato en sus labios y frenó. Le miró, le notó cariacontecido y le lanzó una interrogación con la intención de esclarecer el misterio. Él tenía la opción de volver al redil de la distracción y el gozo, declinar la conciencia de su vida presente en favor del olvido entretenido. Tenía la posibilidad de engañarse. El acontecimiento fue que vio el espejo de sí mismo reflejado en los ojos almendrados de ella, unos ojos que, húmedos, empezaban a intuir el desastre. La mente de aquel hombre se había activado y estaba dispuesto ya a explayarse con palabras incisivas pero explicativas. Sin embargo, antes de que abriera la boca sus ojos ya expresaron la esencia de su pensamiento, de su sentimiento, de ese estado anímico tan raro y rebelde como es revivir. Creyó, por un breve instante, que ella montaría una escena, pero bajo los ojos acuosos de aquella joven mujer emergió una sonrisa que no sólo indicaba que le comprendía sino que parecía que, por contagio, volvía a entenderse a sí misma, recobrando el sentido perdido. Se levantaron, salieron del museo y caminaron juntos por el jardín esplendoroso bajo el sol de mediodía.

Microrrelato: La entrega. Derivas y encuentros.

Narración breve sobre la pérdida y el encuentro amoroso final.

Microrrelato que narra la deriva ante la pérdida de la amada y el camino hacia el encuentro del destino final.

Sumido en el desconcierto, cae entre las sábanas. El día agotado, se siente héroe. Con la perspectiva de un sueño dulce, apagadas las luces, cierra los ojos y se invita al descanso. Sin embargo, la mente se agita y el corazón palpita en la ausencia de la amada. Preocupación, cavilar, miedo a sentirse desposeído del cariño que le ha acompañado en el trayecto de la madurez. Años de comunión romántica darán paso, de la noche turbulenta al día claro, a una realidad que se le hará diáfana en la vigilia de su lucidez, en las noches sin descanso. Cae en la deriva, se siente perdido, se va apagando. Por fin, una llama. Un hálito de vida, de nuevo surge esa extraña química en una comunión que es todavía espiritual. Vaga y divaga, esta vez llenando de sentido la mente y el alma. La observa, la escucha. No la toca, como una mariposa de frágil aleteo la siente, escondida tras su caparazón de águila imperial. Intiman, acaricia sus alas que, a ratos vulnerables y a ratos impetuosas, le trasmiten un modo de ser, de vivir. Junto a ella se da cuenta, al fin, de que uno, además de la necesidad de ser él mismo, sólido y constituido, tiene la misión de comunicar al otro. Empieza, por fin, a entender su destino. Se proyecta, se lanza y se entrega.

Microrrelato: La consumición. Una tarde en compañía.

Narración sobre la magia del chocolate.

Microrrelato sobre los encantos, para la esencia femenina, de una buena consumición en literaria compañía.

Caminaba, gozosa su expresión, por las calles barcelonesas al ritmo de la música que lanzaban sus auriculares. De vez en cuando, alzaba el brazo y movía la mano al ritmo de la canción, canturreando. Llegó a la librería y se detuvo ante su entrada: tratando de divisar la figura de su amigo entre los potenciales lectores que había en el interior, se quitó los auriculares.

Entró con ímpetu, fue recorriendo la librería y, hacia el final, en la sección de filosofía, lo encontró. Se dieron dos besos, conversaron con una cierta agitación ante la novedad de la presencia esperada del otro y fueron recorriendo la librería de nuevo, con la calma de los observadores, comentando los libros que les llamaban la atención.

Se acercaba el momento que tanto había asociado ella durante la semana al nuevo encuentro con su compañero: subir a la cafetería de la cuca librería, sentarse y tomarse aquella consumición que, siete días antes, había sonrojado sus sentidos hasta permanecer en la memoria de su olfato, de su tacto, de su mirada y, sobre todo, de su gusto hasta aquel momento. Mientras conversaba animadamente, notaba que se le humedecía la boca, se ponía nerviosa, como una niña esperando sus regalos de Navidad. Sentados en una espaciosa mesa, rodeados de fotografías de célebres personajes de letras, llegó el cortés camarero. Cuando su mirada se fijó en ella, la bella mujer dijo con un hilo de voz que llenó la sala de sensualidad: un chocolate a la taza, por favor…

Microrrelato: Una feliz estancia. Visitas inesperadas.

Breve narración sobre unos escritores en un hotel.

Microrrelato que trata sobre la visita inesperada de una significada pareja de escritores a  un hotel con un particular recepcionista.

Sentado ante el público, así le gustaba pensar que estaba. Y algo de razón tenía cuando todos le miraban al pasar, saludándole a la entrada o despidiéndose a la salida. Es lo que tiene la recepción de un hotel. Había clientes asiduos, de aquellos que repetían por cuestiones de trabajo o por haber encontrado allí el lugar adecuado para las confidencias del amor escondido. Mejor aún conocía a los trabajadores fijos, que también fluían ante su vista, de un lado a otro, con una celeridad que guardaba las apariencias de una formalidad sobria y amable. Y estaba el punto que rompía la monotonía: aquellos visitantes espontáneos, inesperados, que ponían  a prueba la agilidad de sus reflejos.

Accedió por la entrada principal un pequeño grupo de visitantes inesperados. Los caló enseguida y le sorprendió que no le hubieran notificado tan importante visita. Luego, llegó a la conclusión de que había sido por seguridad: no en vano, el núcleo de la comitiva lo constituían un matrimonio de escritores africanos perseguidos en su país y amenazados de muerte. Nuestro leído recepcionista sabía que ella había sido la más bella, la musa y la artista. Sabía también que él había sido huracán y ahora era sosiego, había sido copa, cigarrillo y café hasta rebosar en el exceso. Y sabía que, al igual que ella le había devuelto la serenidad, él le había dado a ella el aliciente de una vida inquieta en la que desarrollar esos sueños que habían permanecido tanto tiempo latentes. En las memorias de aquel anciano había leído que ella era una formal recepcionista de hotel cuando la conoció: una mujer discreta que le hizo una pregunta indiscreta. En las memorias de ella, leyó que él llegó para registrarse en el hotel con un aire de suficiencia y una aspereza sólo equiparables a su halo de escritor divino.

Nuestro recepcionista vio, por primera vez, su pulso temblar en años de profesión. Había recordado que tenía un reciente libro de poemas escrito para su marido por aquella artista en la mesilla de noche. Y sus ojos los veían ante él mientras sus oídos les escuchaban. No podía creerlo. Se mareó y, por un  momento, creyó que iba perder el sentido. La mirada se le había vuelto difusa. Ellos delante, sin saber muy bien qué pasaba. Entonces, se armó un pequeño revuelo, similar al efecto que hubiera tenido  una paloma colándose en el vestíbulo. Al leído recepcionista se le puso, de repente, el pelo de gallina cuando aquel anciano tocó cálidamente su brazo y ella le dirigió su atenta mirada negra. A través del tacto y de la vista, recuperó el gusto por vivir que parecía haber desaparecido en aquella leve sensación de asfixia, y, con un olfato propio de años plagados de días de oficio y noches de lectura, les saludó en ese idioma francés que compartían, recitando de manera espontánea los últimos versos que había leído la víspera en la obra de ella. Le sonrieron con ternura, halagados y reconfortados. Les entregó las llaves con pulso firme y, recuperando la formalidad sobria y amable propia del hotel, les dio la bienvenida, deseándoles una feliz estancia.